3.03.2013

Una buena decisión


Mi ánimo está mejor. Todos los días me levanto a las siete de la mañana —algo que es un buen comienzo para mi nueva vida—, desayuno, me visto y preparo mi cámara para una nueva aventura; al menos las últimas tres semanas ha sido así.

Nicolai y yo, siempre andamos a caballo. En el rancho es el mejor transporte, por no decir que es el único. Pasa a recogerme a las nueve de la mañana, visitamos a sus tíos y paseamos toda la tarde hasta que comienza a oscurecer. De ahí vamos a cenar con mis padres, y se va de casa a las siete de la noche. Es tan puntual, que me apena hacerlo esperar por cualquier motivo.

Mi familia lo aprecia mucho, contrario a sus tíos. Casualmente se enteraron de mi rechazo hacia su sobrino. ¿Cómo era posible que una mujer “loca” no estuviera dispuesta a casarse con el hombre más guapo e inteligente de su familia?, púes si ya me consideraban loca por intentar suicidarme, más loca al despreciar a tan magnífico partido.

Tal vez tenía razón. No era lógico menospreciar a un hombre tan guapo y refinado como Nicolai. Pero no era eso lo que yo buscaba en un hombre, a decir verdad, ni siquiera sabía que es lo que buscaba. Todos mis novios han sido tan diferentes, que no se puede decir que tenga un prototipo de hombre. Lo único especial que puedo identificar en el último, es que no me amaba como yo a él.

El día en que Nico me vio, se aventó a abrazarme y plantarme semejante beso en la boca, que lo primero que le pude decir fue: ¡No chingues! Yo, siendo todo lo contraria al refinamiento de él, terminé por pedirle disculpas y hacer como si nunca hubiera pasado. Era casi mi hermano menor, y no lo decía por la edad, sino por lo infantil que siempre había sido. Aunque tal vez esa inocencia fue la que me hace considerarlo “el amor platónico de mi infancia”.

A la quinta semana comencé a dudar de su buena fe. Me la pasaba tan bien con él, que la persistencia de los recuerdos, revolcaba mis ideas.  Consideré que lo mejor era alejarme, y así fue. Él estaba dejándome en la estación de trenes al mes de habernos visto. Estaba tan triste, que cuando partió el tren, vi sus ojos  tan llenos de nostalgia que dude de mi última decisión.

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