2.24.2013

Nicolai



Habían pasado dos semanas desde que iba a obsequiar  mi vida. Decidí ir con mis padres a Querétaro. Dicen que los cambios son buenos para el olvido. Últimamente he estado leyendo poesía. Si me decidiera a hacer algo, podría escribir los versos más tristes cada noche.  Siempre he pensado que la luna alberga cierta tristeza, de esa que envicia el aire, de esa que es buena para los momentos de tristura.

Es más, podría recitar de memoria varios poemas de Sabines. Por ejemplo: “Los amorosos”, “¿Qué putas puedo hacer?”, “No es que muera de amor”, “Espero curarme de ti”, y demás.

No he querido ver a nadie importante. No quiero lastimas, alegrías o reclamos, ni siquiera  admiraciones. Hay cartas amontonadas en el buró algo que realmente me sorprende, pues en estos tiempos ya nadie se digna a escribir en papel—, pero solo son sobres llenos de nostalgias, ya habrá tiempo para leerlas.

Apenas ayer decidí dejar de compadecerme. Eran las once de la mañana: me vestí, comí un poco y tomé mi cámara. Mientras cerraba el zaguán, comenzó a dibujarse la silueta de un hombre a caballo. ¿Era él?, ¿Era Markov? Sería mejor que no fuera él, porque la próxima bala que dispararía no sería hacia mí.

Afortunadamente era Nicolai. Él es el tipo de persona que todos adoran, admiran y respetan. Físicamente es un hombre alto, delgado, blanco, de cabello oscuro, ojos negros y grandes, dueño de una hermosa sonrisa, un poco enfermizo y sumamente alegre. La única vez que lo vi deprimido fue el día en que falleció su madre.

Él tenía 15 años. Su madre cayó en una profunda depresión desde que su padre los había abandonado. Después de mucho tiempo de visitar psicólogos y medicarse, no pudo sobrellevar tan terrible enfermedad y puso fin a su vida disparándose en la cabeza.

Afortunadamente no todo estaba perdido para Nicolai. Si algo bueno sucedió, fue que unos  tíos lejanos, decidieron convertirse en sus tutores. Todo ese amor que  siempre le había hecho falta, lo recibió con creces. Al igual que esa exquisita educación que es otra de sus características. 

El miedo y el recuerdo de lo que había hecho su madre, fue el motivo de que me buscara como loco después de enterarse de lo que yo había intentado (recordemos el triste incidente entre una pistola Derringer y mi hombro). Al encontrarme, lo único que pudo hacer fue besarme tan apasionadamente, que al menos por un momento, hizo que se me olvidara todo.

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