Habían pasado dos semanas desde que iba a obsequiar
mi vida. Decidí ir con mis padres a
Querétaro. Dicen que los cambios son buenos para el olvido. Últimamente he estado leyendo poesía. Si me decidiera a hacer algo, podría escribir
los versos más tristes cada noche.
Siempre he pensado que la luna alberga cierta tristeza, de esa que envicia
el aire, de esa que es buena para los momentos de tristura.
Es más, podría recitar de memoria varios poemas de
Sabines. Por ejemplo: “Los amorosos”, “¿Qué putas puedo hacer?”, “No es que muera
de amor”, “Espero curarme de ti”, y demás.
No he querido ver a nadie importante. No quiero lastimas,
alegrías o reclamos, ni siquiera
admiraciones. Hay cartas amontonadas en el buró —algo que realmente me sorprende,
pues en estos tiempos ya nadie se digna a escribir en papel—, pero solo son sobres llenos de nostalgias, ya habrá tiempo para leerlas.
Apenas ayer decidí dejar de compadecerme. Eran
las once de la mañana: me vestí, comí un poco y tomé mi cámara. Mientras cerraba
el zaguán, comenzó a dibujarse la silueta de un hombre a caballo. ¿Era él?, ¿Era
Markov? Sería mejor que no fuera él, porque la próxima bala que dispararía no
sería hacia mí.
Afortunadamente era Nicolai. Él es el tipo de
persona que todos adoran, admiran y respetan. Físicamente es un hombre alto,
delgado, blanco, de cabello oscuro, ojos negros y grandes, dueño de una hermosa
sonrisa, un poco enfermizo y sumamente alegre. La única vez que lo vi deprimido
fue el día en que falleció su madre.
Él tenía 15 años. Su madre cayó en una profunda depresión
desde que su padre los había abandonado. Después de mucho tiempo de visitar psicólogos y medicarse, no pudo sobrellevar tan terrible enfermedad y puso fin a su vida disparándose en la cabeza.
Afortunadamente no todo estaba perdido para Nicolai. Si algo
bueno sucedió, fue que unos tíos lejanos, decidieron convertirse en sus
tutores. Todo ese amor que siempre le había hecho falta, lo recibió
con creces. Al igual que esa exquisita educación que es otra de sus características.