3.25.2013

El último viaje

Estaba empacando todo lo que creía necesario, iba a ser un largo viaje. Farid logró convencerme de acompañarlo a Líbano. Yo tenía un presentimiento, de esos que llegan como metáforas, que te hacen cuestionar a la vida y a la suerte.

Eran las doce del día cuando recibí la visita de la señora Ustínov, la madre de Markov. Su rostro revelaba tristeza y cierto grado de resentimiento (igual al de su hijo la última vez que la vi). Sin saludar, se encamino a la sala y se sentó. Me entregó una pequeña caja de madera  con candado. Le pregunté el motivo de su visita y le dije que no tenía mucho tiempo pues estaba de salida. Está muerto, tú amor me lo mató decía mientras sacaba de su bolso una pequeña llave y un sobre color sepia.

Quedé perpleja. Sentí que mis piernas fallaban, me senté, no sabía que decir. Fue tan grande el impacto que me produjo aquella noticia, que no me di cuenta del momento en que se retiró la señora Ustínov. Cerré bien la puerta del apartamento, no quería que nadie más me molestara.

 Abrí la carta, sabía que era de Markov por el sello de cera roja: “Hablo de ese dolor y de esta ausencia, de tu dolor y de tu ausencia es que hablo”. Con esas palabras comenzaba.
“Morimos en mi cuarto en que estoy solo, en mi cama en que faltas, en la calle donde mi brazo va vacío. En el cine y los parques, los tranvías; los lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza y mi mano tu mano. Y todo yo te sé, como yo mismo.”

Abrí con la pequeña llave el candado de la caja de madera. Dentro estaba mi pistola, yo que la creía perdida. Todas las  ideas se revolcaron en mi pecho.
No trataré de convencer a nadie al decir que se postró ante mí. Sí, ahí estaba Markov. Tocó mi mejilla, ya no estaba enojado.

Vamos mi Modotti. Éste es el último viaje, mi corazón emprende de mi cuerpo a tu cuerpo. Ya no es un “hasta pronto” sino un “por siempre viviremos”. La muerte ya no es sufrimiento, es el sustento de la vida; aquello que alimenta mi pasión y la urgencia de vivir, de vivir para ti.

Era tan real, que podía distinguir su olor, mirarme en sus ojos. Tomé su mano. Tenía su rostro sencillo y sus ojos calmosos pero felices. El espanto me lo quitó a besos. Caminamos hacia ninguna parte. El cielo era tan hermoso que no podía dudar que existía Dios. — Debe estar de buenas —pensé.


3.17.2013

El mejor regalo


Por fin, el día de ayer se inauguró mi exposición fotográfica “Costumbres”. Consta de 40 fotografías tomadas en varias partes de México: San Luis Potosí, Querétaro, Sonora, Chiapas, Monterrey, Jalisco, etcétera. Tratan de dar a conocer las tradiciones más extrañas de cada estado, algo más o menos sencillo, púes todo lo que no es desconocido nos parece extraño, nos sorprende.

Conocí a Farid Cadi, un famoso empresario, escritor de tiempo libre, conocedor de arte y de  muy buen
parecido. Es libanes, tiene ojos grandes y claros como dos almendras, cabello oscuro y abundante, manos firmes pero delicadas, y una voz que denota gallardía.

Nicolai se encargó de presentarnos. — André, te presento a Farid Cadi, me supongo que lo conoces, hace poco te regalé un libro de él. Respondí que sí y lo saludé de mano. Advertí que lo ubicaba más como empresario, inversionista en el ámbito petrolero. Al parecer se resintió por mi respuesta, algo que demostró sonrojándose y mirando hacía el piso. Para tratar de cambiar nuevamente su expresión continué diciéndole que era fiel admiradora de su padre. —¿Sabe quién es mi padre? —preguntó emocionado. — Claro que se quién es, un revolucionario socialista, admirado por la valentía que demostró al cambiar el régimen totalitario y de opresión al que estaba sometido su pueblo.

Con esa simple respuesta tuve para que el resentimiento desapareciera y hasta se interesará en mis fotografías, al punto de que no se separó de mi hasta que Nicolai se ofreció a llevarlo a su casa. Accedió un poco desilusionado pero se fue. Me despedí de ambos y les invité a desayunar al día siguiente, sí no tenían otro compromiso. —¡Yo no! —respondió inmediatamente Farid. Nicolai le dijo que su vuelo salía a medio día. Intrigado, Farid dijo que  pensaría en algo, que sí de verdad quería verlo en mi comedor desayunando, ahí estaría a las diez de la mañana puntualmente. Sonreí y les entregué sus abrigos.

Hoy a las 9:59 de la mañana sonó el timbre del departamento. Ahí estaban los dos. Farid traía un cuadro envuelto, lo puso en mis manos y dijo que era el mejor regalo que había dado en toda su vida, y el que más le había costado conseguir en tan poco tiempo; que lo apreciaría y en agradecimiento le concedería un deseo… Dudé un poco y decidí abrir el regalo. Estaba en lo cierto, era una fotografía de Edward Weston… Era Tina, Tina Modotti. Si era el mejor regalo que había dado en su vida, era el mejor que yo había recibido en la mía.

3.10.2013

¿Quién podrá?



Se coló a mi maleta aquel caudal de lágrimas que pensé perdido. Hace algunos días regresé al Distrito Federal, a mi casa. Me siento tan vacía, sola, envuelta en nostalgias. Ayer después de mucho tiempo volví a ver a Markov. Me preguntó por qué no había contestado a sus cartas. Le dije que no había abierto ningún sobre desde que había llegado a casa de mis padres.

Estoy muy confundida. Su presencia me hace dudar de mi salud mental. Todas las parcelas de mi vida tienen algo suyo. Su recuerdo existe donde quiera, y la herida que dejó duele como dos.
Él no sabe cómo he luchado por seguir viviendo, cómo he querido vivir para vivirlo. Aunque viéndolo bien, debo ser una floja incitadora de vida porque me estoy muriendo.

El día que lo vi me invitó a tomar un café. Pensó que iríamos al lugar de siempre, pero estaba decidida a evitar cualquier sitio que me persuadiera a tomarlo entre mis brazos y besarlo. Él imaginó lo que estaba planeando. Se adelantó y dijo que yo podía elegir donde cenaríamos. —¿Cenar? ¿No solo iríamos a tomar un café? —pregunté.

Markov tenía la cara un poco demacrada, las ojeras en sus ojos avisaban de algún problema. Me daba miedo preguntar el motivo de su desgana hacia la vida. Me miraba de una forma casi reprochable. Rompió el silencio —Te ves tan bien que no hay rastro de tristeza en tus ojos. Para ti, el amor ya no es culpa. ¡Que envidia me das! Quisiera poder librarme y olvidarme de todo. Huir a alguna parte donde esté tan lejos que ningún recuerdo pueda alcanzarme.

¿Qué debía contestarle? Apenas unos meses atrás, quería que en mí viera todo lo bueno de la vida, que rescatará los proyectos de adioses. Acopiaba en ese deseo instantáneo, montones de deseos hondos y prioritarios. Sentí que las venas de mi cuello se hinchaban, se hinchaban del coraje de nunca haber podido darle todo lo que no tuvo, y que así descubriera la maravilla que era poder amarlo. Sentía la necesidad de gritarle cuanto lo amaba, la necesidad de que los nervios salieran de mi cuerpo. En vez de eso, sonreí.

¿Quién podrá quererte menos que yo amor mío? —dijo sollozando mientras yo me retiraba. 

3.03.2013

Una buena decisión


Mi ánimo está mejor. Todos los días me levanto a las siete de la mañana —algo que es un buen comienzo para mi nueva vida—, desayuno, me visto y preparo mi cámara para una nueva aventura; al menos las últimas tres semanas ha sido así.

Nicolai y yo, siempre andamos a caballo. En el rancho es el mejor transporte, por no decir que es el único. Pasa a recogerme a las nueve de la mañana, visitamos a sus tíos y paseamos toda la tarde hasta que comienza a oscurecer. De ahí vamos a cenar con mis padres, y se va de casa a las siete de la noche. Es tan puntual, que me apena hacerlo esperar por cualquier motivo.

Mi familia lo aprecia mucho, contrario a sus tíos. Casualmente se enteraron de mi rechazo hacia su sobrino. ¿Cómo era posible que una mujer “loca” no estuviera dispuesta a casarse con el hombre más guapo e inteligente de su familia?, púes si ya me consideraban loca por intentar suicidarme, más loca al despreciar a tan magnífico partido.

Tal vez tenía razón. No era lógico menospreciar a un hombre tan guapo y refinado como Nicolai. Pero no era eso lo que yo buscaba en un hombre, a decir verdad, ni siquiera sabía que es lo que buscaba. Todos mis novios han sido tan diferentes, que no se puede decir que tenga un prototipo de hombre. Lo único especial que puedo identificar en el último, es que no me amaba como yo a él.

El día en que Nico me vio, se aventó a abrazarme y plantarme semejante beso en la boca, que lo primero que le pude decir fue: ¡No chingues! Yo, siendo todo lo contraria al refinamiento de él, terminé por pedirle disculpas y hacer como si nunca hubiera pasado. Era casi mi hermano menor, y no lo decía por la edad, sino por lo infantil que siempre había sido. Aunque tal vez esa inocencia fue la que me hace considerarlo “el amor platónico de mi infancia”.

A la quinta semana comencé a dudar de su buena fe. Me la pasaba tan bien con él, que la persistencia de los recuerdos, revolcaba mis ideas.  Consideré que lo mejor era alejarme, y así fue. Él estaba dejándome en la estación de trenes al mes de habernos visto. Estaba tan triste, que cuando partió el tren, vi sus ojos  tan llenos de nostalgia que dude de mi última decisión.

2.24.2013

Nicolai



Habían pasado dos semanas desde que iba a obsequiar  mi vida. Decidí ir con mis padres a Querétaro. Dicen que los cambios son buenos para el olvido. Últimamente he estado leyendo poesía. Si me decidiera a hacer algo, podría escribir los versos más tristes cada noche.  Siempre he pensado que la luna alberga cierta tristeza, de esa que envicia el aire, de esa que es buena para los momentos de tristura.

Es más, podría recitar de memoria varios poemas de Sabines. Por ejemplo: “Los amorosos”, “¿Qué putas puedo hacer?”, “No es que muera de amor”, “Espero curarme de ti”, y demás.

No he querido ver a nadie importante. No quiero lastimas, alegrías o reclamos, ni siquiera  admiraciones. Hay cartas amontonadas en el buró algo que realmente me sorprende, pues en estos tiempos ya nadie se digna a escribir en papel—, pero solo son sobres llenos de nostalgias, ya habrá tiempo para leerlas.

Apenas ayer decidí dejar de compadecerme. Eran las once de la mañana: me vestí, comí un poco y tomé mi cámara. Mientras cerraba el zaguán, comenzó a dibujarse la silueta de un hombre a caballo. ¿Era él?, ¿Era Markov? Sería mejor que no fuera él, porque la próxima bala que dispararía no sería hacia mí.

Afortunadamente era Nicolai. Él es el tipo de persona que todos adoran, admiran y respetan. Físicamente es un hombre alto, delgado, blanco, de cabello oscuro, ojos negros y grandes, dueño de una hermosa sonrisa, un poco enfermizo y sumamente alegre. La única vez que lo vi deprimido fue el día en que falleció su madre.

Él tenía 15 años. Su madre cayó en una profunda depresión desde que su padre los había abandonado. Después de mucho tiempo de visitar psicólogos y medicarse, no pudo sobrellevar tan terrible enfermedad y puso fin a su vida disparándose en la cabeza.

Afortunadamente no todo estaba perdido para Nicolai. Si algo bueno sucedió, fue que unos  tíos lejanos, decidieron convertirse en sus tutores. Todo ese amor que  siempre le había hecho falta, lo recibió con creces. Al igual que esa exquisita educación que es otra de sus características. 

El miedo y el recuerdo de lo que había hecho su madre, fue el motivo de que me buscara como loco después de enterarse de lo que yo había intentado (recordemos el triste incidente entre una pistola Derringer y mi hombro). Al encontrarme, lo único que pudo hacer fue besarme tan apasionadamente, que al menos por un momento, hizo que se me olvidara todo.

2.19.2013

Hasta pronto


Hoy fue el último día de inventar alegrías y creerlas. Ahí estaba yo: sola, nerviosa, con los ojitos llenos de tristeza y desorbitados por lo que estaba a punto de hacer. Era el último día de ver su mirada siempre taciturna, aunque con cierto grado de altivez.

Es impresionante la velocidad con que late un corazón lleno de melancolía, aún  más impresionante la fuerza que lo mantiene dentro y evita que salga a explotar en tus manos. Era vergonzoso el escalofrío que corría por mis piernas y subía hacía las mejillas. Los ojos se me inundaron de recuerdos.

Pero ya estaba ahí. Demasiado tarde para remordimientos o conflictos de conciencia.  ¿Qué más podía hacer? Solo obedecí a mis corazonadas.

Comenzó pidiendo disculpas por lo tarde que había llegado, por no haber respondido todos los mensajes y por lo estúpido que era (aunque respecto a eso ya estaba disculpado hacía tiempo). Pidió como siempre un whisky con hielos, pero me advirtió que no tenía mucho tiempo.

No siempre es fácil ser tan sincera. No al menos con alguien a quien le debía tanto, a quien había amado con la alegría gris que llega siempre en plena juventud, pero que es la respuesta de una pregunta nunca formulada.

Le pedí que fuéramos a caminar para darme valor  y poder entregarle su regalo, tal vez, el mejor que recibiría en toda su vida. Caminábamos por el Parque España a las siete de la tarde aproximadamente. Nos sentamos en la banca de siempre. Yo estaba lista, con mis culpas bien lavadas y planchadas.

Mientras platicaba de sus nuevos proyectos  donde claramente no entraba yo—, interrumpí para decirle que en mi bolso tenía su regalo. Saqué una pistola estilo Derringer, y la puse en mi pecho del lado del corazón. Su mirada llena de terror les dio a mis pensamientos un aire de perversión.

Le daría mi vida, literalmente. ¿No era mejor que cualquier libro de acción?     
—¡Hasta pronto! —le dije. Apreté el gatillo, y se lanzó sobre mí para evitar una desgracia. Lo más que puede hacer fue dispararme en el hombro, y quedé inconsciente. Tuvo tiempo de sobra para pedir auxilio y para decirme cuánto me amaba, cuánto lamentaba todo el daño que me había causado.

Pero ya era tarde. Sentía que me iba alejando de las sencillas recompensas que da un amor lleno de complejos y castigos, de un amor que desde siempre fue como un niño muerto, que solo de a ratos pensábamos que iba a vivir.