3.17.2013

El mejor regalo


Por fin, el día de ayer se inauguró mi exposición fotográfica “Costumbres”. Consta de 40 fotografías tomadas en varias partes de México: San Luis Potosí, Querétaro, Sonora, Chiapas, Monterrey, Jalisco, etcétera. Tratan de dar a conocer las tradiciones más extrañas de cada estado, algo más o menos sencillo, púes todo lo que no es desconocido nos parece extraño, nos sorprende.

Conocí a Farid Cadi, un famoso empresario, escritor de tiempo libre, conocedor de arte y de  muy buen
parecido. Es libanes, tiene ojos grandes y claros como dos almendras, cabello oscuro y abundante, manos firmes pero delicadas, y una voz que denota gallardía.

Nicolai se encargó de presentarnos. — André, te presento a Farid Cadi, me supongo que lo conoces, hace poco te regalé un libro de él. Respondí que sí y lo saludé de mano. Advertí que lo ubicaba más como empresario, inversionista en el ámbito petrolero. Al parecer se resintió por mi respuesta, algo que demostró sonrojándose y mirando hacía el piso. Para tratar de cambiar nuevamente su expresión continué diciéndole que era fiel admiradora de su padre. —¿Sabe quién es mi padre? —preguntó emocionado. — Claro que se quién es, un revolucionario socialista, admirado por la valentía que demostró al cambiar el régimen totalitario y de opresión al que estaba sometido su pueblo.

Con esa simple respuesta tuve para que el resentimiento desapareciera y hasta se interesará en mis fotografías, al punto de que no se separó de mi hasta que Nicolai se ofreció a llevarlo a su casa. Accedió un poco desilusionado pero se fue. Me despedí de ambos y les invité a desayunar al día siguiente, sí no tenían otro compromiso. —¡Yo no! —respondió inmediatamente Farid. Nicolai le dijo que su vuelo salía a medio día. Intrigado, Farid dijo que  pensaría en algo, que sí de verdad quería verlo en mi comedor desayunando, ahí estaría a las diez de la mañana puntualmente. Sonreí y les entregué sus abrigos.

Hoy a las 9:59 de la mañana sonó el timbre del departamento. Ahí estaban los dos. Farid traía un cuadro envuelto, lo puso en mis manos y dijo que era el mejor regalo que había dado en toda su vida, y el que más le había costado conseguir en tan poco tiempo; que lo apreciaría y en agradecimiento le concedería un deseo… Dudé un poco y decidí abrir el regalo. Estaba en lo cierto, era una fotografía de Edward Weston… Era Tina, Tina Modotti. Si era el mejor regalo que había dado en su vida, era el mejor que yo había recibido en la mía.

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