3.10.2013

¿Quién podrá?



Se coló a mi maleta aquel caudal de lágrimas que pensé perdido. Hace algunos días regresé al Distrito Federal, a mi casa. Me siento tan vacía, sola, envuelta en nostalgias. Ayer después de mucho tiempo volví a ver a Markov. Me preguntó por qué no había contestado a sus cartas. Le dije que no había abierto ningún sobre desde que había llegado a casa de mis padres.

Estoy muy confundida. Su presencia me hace dudar de mi salud mental. Todas las parcelas de mi vida tienen algo suyo. Su recuerdo existe donde quiera, y la herida que dejó duele como dos.
Él no sabe cómo he luchado por seguir viviendo, cómo he querido vivir para vivirlo. Aunque viéndolo bien, debo ser una floja incitadora de vida porque me estoy muriendo.

El día que lo vi me invitó a tomar un café. Pensó que iríamos al lugar de siempre, pero estaba decidida a evitar cualquier sitio que me persuadiera a tomarlo entre mis brazos y besarlo. Él imaginó lo que estaba planeando. Se adelantó y dijo que yo podía elegir donde cenaríamos. —¿Cenar? ¿No solo iríamos a tomar un café? —pregunté.

Markov tenía la cara un poco demacrada, las ojeras en sus ojos avisaban de algún problema. Me daba miedo preguntar el motivo de su desgana hacia la vida. Me miraba de una forma casi reprochable. Rompió el silencio —Te ves tan bien que no hay rastro de tristeza en tus ojos. Para ti, el amor ya no es culpa. ¡Que envidia me das! Quisiera poder librarme y olvidarme de todo. Huir a alguna parte donde esté tan lejos que ningún recuerdo pueda alcanzarme.

¿Qué debía contestarle? Apenas unos meses atrás, quería que en mí viera todo lo bueno de la vida, que rescatará los proyectos de adioses. Acopiaba en ese deseo instantáneo, montones de deseos hondos y prioritarios. Sentí que las venas de mi cuello se hinchaban, se hinchaban del coraje de nunca haber podido darle todo lo que no tuvo, y que así descubriera la maravilla que era poder amarlo. Sentía la necesidad de gritarle cuanto lo amaba, la necesidad de que los nervios salieran de mi cuerpo. En vez de eso, sonreí.

¿Quién podrá quererte menos que yo amor mío? —dijo sollozando mientras yo me retiraba. 

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