Se
coló a mi maleta aquel caudal de lágrimas que pensé perdido. Hace
algunos días regresé al Distrito Federal, a mi casa. Me siento tan
vacía, sola, envuelta en nostalgias. Ayer después de mucho tiempo
volví a ver a Markov. Me preguntó por qué no había contestado a
sus cartas. Le dije que no había abierto ningún sobre desde que
había llegado a casa de mis padres.
Estoy
muy confundida. Su presencia me hace dudar de mi salud mental. Todas
las parcelas de mi vida tienen algo suyo. Su recuerdo existe donde
quiera, y la herida que dejó duele como dos.
Él
no sabe cómo he luchado por seguir viviendo, cómo he querido vivir
para vivirlo. Aunque viéndolo bien, debo ser una floja incitadora de
vida porque me estoy muriendo.
El
día que lo vi me invitó a tomar un café. Pensó que iríamos al
lugar de siempre, pero estaba decidida a evitar cualquier sitio que
me persuadiera a tomarlo entre mis brazos y besarlo. Él imaginó lo
que estaba planeando. Se adelantó y dijo que yo podía
elegir donde cenaríamos. —¿Cenar? ¿No solo
iríamos a tomar un café? —pregunté.
Markov
tenía la cara un poco demacrada, las ojeras en sus ojos avisaban de
algún problema. Me daba miedo preguntar el motivo de su desgana
hacia la vida. Me miraba de una forma casi reprochable. Rompió el
silencio —Te ves tan bien que no hay rastro de tristeza en tus
ojos. Para ti, el amor ya no es culpa. ¡Que envidia me das! Quisiera
poder librarme y olvidarme de todo. Huir a alguna parte donde esté
tan lejos que ningún recuerdo pueda alcanzarme.
¿Qué
debía contestarle? Apenas unos meses atrás, quería que en mí viera todo
lo bueno de la vida, que rescatará los proyectos de adioses.
Acopiaba en ese deseo instantáneo, montones de deseos hondos y
prioritarios. Sentí que las venas de mi cuello se hinchaban, se
hinchaban del coraje de nunca haber podido darle todo lo que no tuvo,
y que así descubriera la maravilla que era poder amarlo. Sentía la
necesidad de gritarle cuanto lo amaba, la necesidad de que los
nervios salieran de mi cuerpo. En vez de eso, sonreí.
—¿Quién
podrá quererte menos que yo amor mío? —dijo
sollozando mientras yo me retiraba.
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