Estaba empacando todo lo que creía necesario, iba a ser un largo
viaje. Farid logró convencerme de acompañarlo a Líbano. Yo tenía un presentimiento,
de esos que llegan como metáforas, que te hacen cuestionar a la vida y a la
suerte.
Eran las doce del día cuando recibí la visita de la señora Ustínov, la
madre de Markov. Su rostro revelaba tristeza y cierto grado de resentimiento (igual
al de su hijo la última vez que la vi). Sin saludar, se encamino a
la sala y se sentó. Me entregó una pequeña caja de madera con candado. Le pregunté el motivo de su
visita y le dije que no tenía mucho tiempo pues estaba de salida. — Está muerto, tú amor me lo mató —decía mientras sacaba de su
bolso una pequeña llave y un sobre color sepia.
Quedé perpleja. Sentí que mis piernas fallaban, me senté, no sabía que
decir. Fue tan grande el impacto que me produjo aquella noticia, que no me di cuenta del momento en que se retiró la señora Ustínov. Cerré bien la
puerta del apartamento, no quería que nadie más me molestara.
Abrí la carta, sabía que era de
Markov por el sello de cera roja: “Hablo de ese dolor y de esta ausencia, de tu
dolor y de tu ausencia es que hablo”. Con esas palabras comenzaba.
“Morimos en mi cuarto en que estoy solo, en mi cama en que faltas, en
la calle donde mi brazo va vacío. En el cine y los parques, los tranvías; los
lugares donde mi hombro acostumbra tu cabeza y mi mano tu mano. Y todo yo te
sé, como yo mismo.”
Abrí con la pequeña llave el candado de la caja de madera. Dentro
estaba mi pistola, yo que la creía perdida. Todas las ideas se revolcaron en mi pecho.
No trataré de convencer a nadie al decir que se postró ante mí. Sí, ahí estaba Markov. Tocó mi mejilla, ya no estaba enojado.
—Vamos mi Modotti. Éste
es el último viaje, mi corazón emprende de mi cuerpo a tu cuerpo. Ya no es un “hasta
pronto” sino un “por siempre viviremos”. La muerte ya no es sufrimiento, es el
sustento de la vida; aquello que alimenta mi pasión y la urgencia de vivir, de
vivir para ti.
Era tan real, que podía distinguir su olor, mirarme en sus ojos. Tomé
su mano. Tenía su rostro sencillo y sus ojos calmosos pero felices. El espanto
me lo quitó a besos. Caminamos hacia ninguna parte. El cielo era tan hermoso
que no podía dudar que existía Dios. — Debe estar de buenas —pensé.