Hoy fue el último día de
inventar alegrías y creerlas. Ahí estaba yo: sola, nerviosa, con los ojitos
llenos de tristeza y desorbitados por lo que estaba a punto de hacer. Era el
último día de ver su mirada siempre taciturna, aunque con cierto grado de altivez.
Es impresionante la velocidad con que late un corazón lleno de melancolía, aún más impresionante la
fuerza que lo mantiene dentro y evita que salga a explotar en tus manos. Era vergonzoso
el escalofrío que corría por mis piernas y subía hacía las mejillas. Los ojos se
me inundaron de recuerdos.
Pero ya estaba ahí. Demasiado
tarde para remordimientos o conflictos de conciencia. ¿Qué más podía
hacer? Solo obedecí a mis corazonadas.
Comenzó pidiendo disculpas
por lo tarde que había llegado, por no haber respondido todos los mensajes y
por lo estúpido que era (aunque respecto a eso ya estaba disculpado hacía
tiempo). Pidió como siempre un whisky con hielos, pero me advirtió que no tenía
mucho tiempo.
No siempre es fácil ser tan
sincera. No al menos con alguien a quien le debía tanto, a quien había amado
con la alegría gris que llega siempre en plena juventud, pero que es la
respuesta de una pregunta nunca formulada.
Le pedí que fuéramos a
caminar para darme valor y poder entregarle
su regalo, tal vez, el mejor que recibiría en toda su vida. Caminábamos por el
Parque España a las siete de la tarde aproximadamente. Nos sentamos en la banca
de siempre. Yo estaba lista, con mis culpas bien lavadas y planchadas.
Mientras platicaba de sus
nuevos proyectos —donde claramente no entraba
yo—, interrumpí
para decirle que en mi bolso tenía su regalo. Saqué una pistola estilo Derringer, y la puse en mi pecho del lado del
corazón. Su mirada llena de terror les dio a mis pensamientos un aire de
perversión.
Le daría mi vida, literalmente. ¿No era mejor que cualquier libro de acción?
—¡Hasta pronto! —le dije. Apreté el gatillo, y se lanzó
sobre mí para evitar una desgracia. Lo más que puede hacer fue dispararme en el
hombro, y quedé inconsciente. Tuvo tiempo de sobra para pedir auxilio y para
decirme cuánto me amaba, cuánto lamentaba todo el daño que me había causado.
Pero ya era tarde. Sentía
que me iba alejando de las sencillas recompensas que da un amor lleno de
complejos y castigos, de un amor que desde siempre fue como un niño muerto, que
solo de a ratos pensábamos que iba a vivir.
Me agradó el estilo. ¡Me agradó!
ResponderEliminar¡Muchas gracias! :)
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