2.19.2013

Hasta pronto


Hoy fue el último día de inventar alegrías y creerlas. Ahí estaba yo: sola, nerviosa, con los ojitos llenos de tristeza y desorbitados por lo que estaba a punto de hacer. Era el último día de ver su mirada siempre taciturna, aunque con cierto grado de altivez.

Es impresionante la velocidad con que late un corazón lleno de melancolía, aún  más impresionante la fuerza que lo mantiene dentro y evita que salga a explotar en tus manos. Era vergonzoso el escalofrío que corría por mis piernas y subía hacía las mejillas. Los ojos se me inundaron de recuerdos.

Pero ya estaba ahí. Demasiado tarde para remordimientos o conflictos de conciencia.  ¿Qué más podía hacer? Solo obedecí a mis corazonadas.

Comenzó pidiendo disculpas por lo tarde que había llegado, por no haber respondido todos los mensajes y por lo estúpido que era (aunque respecto a eso ya estaba disculpado hacía tiempo). Pidió como siempre un whisky con hielos, pero me advirtió que no tenía mucho tiempo.

No siempre es fácil ser tan sincera. No al menos con alguien a quien le debía tanto, a quien había amado con la alegría gris que llega siempre en plena juventud, pero que es la respuesta de una pregunta nunca formulada.

Le pedí que fuéramos a caminar para darme valor  y poder entregarle su regalo, tal vez, el mejor que recibiría en toda su vida. Caminábamos por el Parque España a las siete de la tarde aproximadamente. Nos sentamos en la banca de siempre. Yo estaba lista, con mis culpas bien lavadas y planchadas.

Mientras platicaba de sus nuevos proyectos  donde claramente no entraba yo—, interrumpí para decirle que en mi bolso tenía su regalo. Saqué una pistola estilo Derringer, y la puse en mi pecho del lado del corazón. Su mirada llena de terror les dio a mis pensamientos un aire de perversión.

Le daría mi vida, literalmente. ¿No era mejor que cualquier libro de acción?     
—¡Hasta pronto! —le dije. Apreté el gatillo, y se lanzó sobre mí para evitar una desgracia. Lo más que puede hacer fue dispararme en el hombro, y quedé inconsciente. Tuvo tiempo de sobra para pedir auxilio y para decirme cuánto me amaba, cuánto lamentaba todo el daño que me había causado.

Pero ya era tarde. Sentía que me iba alejando de las sencillas recompensas que da un amor lleno de complejos y castigos, de un amor que desde siempre fue como un niño muerto, que solo de a ratos pensábamos que iba a vivir.

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